El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Pronto —dijo, apartándose de él con las mejillas encendidas y los ojos bajos.
De antiguo deseaba Elena poderse casar en los maravillosos lugares en que se habÃa dado cuenta de su amor por el cazador. Pero habÃa guardado para ella este deseo, esta esperanza secreta. Mas la coincidencia de deseos le habÃa hecho sospechar que Dale habÃa adivinado su anhelo.
Al entrar en el sendero que conducÃa a la casa encontró a uno de los antiguos mozos de cuadra conduciendo una acémila.
—¿De quién es este equipaje? —le preguntó.
—No lo sé, señora —contestó el interpelado.
El corazón de Elena le dio un salto en el pecho, porque la hizo presentir la llegada de Las Vegas. Apresuróse la muchacha y a pocos pasos diviso a Roy Beeman sosteniendo de la rienda un hermoso sanguÃneo mesteño. Junto a él habÃa otro hombre, que desmontaba en aquel momento de su caballo. En este jinete reconoció Elena a Las Vegas. Él la vio también en aquel mismo instante. Tan contenta estaba Elena de la vuelta de Las Vegas, que las lágrimas se le saltaban de los ojos de alegrÃa.
—Señorita Elena, estoy verdaderamente contento de verla de nuevo —dijo Carmichael, con la cabeza descubierta. Era el mismo joven franco y simpático que habÃan visto desde el tren en la primera estación del Oeste.