El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¡Tom! —exclamó ella, alargándole las manos.
Él se las estrechó, fijando sus ojos en ella. La mirada con que Elena contestó a la suya eliminó de su corazón las negras dudas que lo corroían. Aquél era el mismo muchacho que ella había conocido, que tanta simpatía y afecto había sabido despertar en ella y que tanto había hecho para merecer el amor de su hermana. La cara de Carmichael era limpia, fresca, joven, rebosante de salud. Sonreía con la misma sonrisa ingenua, sencilla y natural. Sus ojos eran como los de Dale, penetrantes, claros como el cristal, sin la menor sombra. ¿Era posible que la maldad, la embriaguez, el vicio o los impulsos criminales de la sangre, germinaran en un pecho tan noble y tan puro de un joven como aquél, verdadero arquetipo de la generosidad, intrepidez y bravura del Oeste? Adondequiera que hubiese ido, fuese lo que fuese lo que hubiere hecho durante su larga ausencia, había vuelto corregido de los fieros y salvajes impulsos, que podían ya darse al olvido.
—¿Dónde está Bo? —preguntó, con la misma naturalidad que si volviera de alguna comisión encargada por Elena, después de muy pocos días de ausencia.
—Bo está muy bien y se alegrará mucho de verle —respondió Elena.
—¿Y cómo está Dale?