El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Admirablemente. Es seguro que también tendrá una gran alegrÃa cuando sepa que ya está usted aquà de vuelta.
—Calculo que habré llegado cuando ya estarán todos ustedes casados.
—Aquà no se ha casado todavÃa nadie —repuso Elena, y las mejillas se le tiñeron de arrebol.
—Más vale asà —dijo—. He estado cazando caballos salvajes en Nuevo Méjico, y aquà traigo este mesteño para Bo.
El mesteño que Roy sostenÃa de la brida era un precioso ejemplar, de color ruano, no muy grande ni gordo; pero muy musculado y de admirable estampa, con crines largas y negras y una cabeza preciosa e inteligente.
—Siento envidia —dijo Elena, para divertirse—. En mi vida he visto un potro más hermoso. ¿Por qué no me lo regala a m�
—No creo que quiera usted montar nunca más caballo que Ranger —declaró Las Vegas.
—Eso es verdad; sin embargo, lamento que este caballo no sea mÃo. Ya sabe usted que yo soy muy ambiciosa y egoÃsta.
—Estoy por regalárselo para ver la cara de protesta que pondrá Bo.
—No; no me lo regale. Bo se iba a morir del disgusto.