El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Tan alborozada estaba Elena con la vuelta de Carmichael, que sentía tentaciones de abrazarle. ¡Había regresado sin nada que pudiera distraerla! Era indudable que del terrible papel que espontáneamente había aceptado para concluir con los enemigos de ella ni siquiera se acordaba ya. Aquel joven era una verdadera encarnación de todo el Oeste, grande y magnífico. Era un héroe, pero tan ingenuo y sencillo que ni siquiera sospechaba su propia grandeza.
Se abrió en aquel momento la puerta y del interior del rancho se oyó una voz argentina y gozosa.
—¡Oh, Roy, vaya un potro! ¿De quién es?
—Señorita Bo, si son ciertas mis noticias este mesteño es de usted —respondió Roy.
Bo se asomó a la puerta y bajó precipitadamente los peldaños. La llamarada de alegría que le había encendido las mejillas al ver el potro se disipó instantáneamente en cuanto fijó sus ojos en el cowboy.
—¡Bo, le aseguro que siento una gran alegría! —exclamó Las Vegas acercándose a ella, sombrero en mano.
Elena no pudo observar ningún síntoma de confusión en él únicamente advirtió extraordinario júbilo. Fue mala pitonisa, porque daba por seguro que Bo se lanzaría en los brazos del cowboy, y sus previsiones resultaron fallidas.