El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Tom, no encuentro palabras con que expresarle mi agradecimiento —dijo.
—No necesita agradecerme nada —repuso el cowboy—; únicamente necesita aceptar mis condiciones, antes de montarlo.
—¿Sus condiciones? —repitió Bo, intrigada.
Elena disfrutaba mirando a Las Vegas. Nunca le habÃa visto tan sereno, tan seguro de sà mismo, tan dueño de la situación. No obstante, no acertaba a interpretar su intención.
—Bo Rayner —dijo Las Vegas—, este potro será suyo y lo podrá montar cuando usted sea la señora de Carmichael.
Nunca el tono de su voz habÃa sido más dulce y suave; nunca habÃa mirado con más ternura a Bo. Roy se quedó convertido en la estatua del asombro. Elena hacÃa heroicos esfuerzos para no manifestar tumultuosamente su extraordinaria, su inmensa alegrÃa. Bo fijó sus ojos asombrados en su pretendiente. Tras breves instantes de reflexión se acercó a él, para responderle:
—¿Habla usted en serio?
—Muy en serio.
—No es posible. Esto que usted acaba de decir es una broma. Una de sus graciosas salidas. Tom, a usted le gusta mucho chancearse —repuso Bo.