El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Aquella estatua de piedra en que Roy se había convertido, recuperó por fin el movimiento y el habla, para dar franco paso, en exclamaciones y ademanes, al júbilo que llenaba el pecho del buen mormón. Elena mezclaba las lágrimas y las risas en su extraordinario gozo. Las Vegas estaba medio loco de alegría. Nunca hubiera imaginado que Bo tuviera tanta prisa, y el beso que había recibido había dado al traste con su estudiada frialdad. En extremados transportes de felicidad se acercó a Elena con palabras que a borbotones le salían de su boca.

—¡Que no eran serias mis palabras! Dios mío, he necesitado que ella confirmara las suyas de una manera tan gloriosa, para que a mi vez pudiera yo creer en su formalidad —exclamó—. ¡La señora de Carmichael, antes de mediodía! ¡Oh, o estoy loco, estoy beodo!

—No: diga más bien que la felicidad le embarga —arguyó Elena.

Ella y Roy Beeman persuadieron al cowboy de que debía darse prisa para aprovechar el tiempo.

—¿Qué ha querido decir cuando me ha recomendado que me presentase un poco más en armonía con mi papel de novio? —preguntó a Elena—. ¿No estoy presentable? ¿Qué me falta?

—Ha querido decir que tiene usted que vestirse con su mejor ropa. Esto es claro.


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