El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Tiene que ir con cuidado con estas armas. No sabe usted usarlas y cualquier dÃa puede hacerse daño —dijo Dale.
Nunca habÃa oÃdo Elena una voz más frÃa, más tranquila, más penetrante que la de aquel cazador. Sin precipitación, sin emoción, sin amenaza, parecÃa advertir algo más de lo que las palabras significaban.
Riggs habÃa dejado caer el brazo muerto. Era indudable que la rapidez de Dale le habÃa desconcertado. En su cara se retrataba una expresión de sorpresa. Echo a Dale una mirada de odio reconcentrado y otra a Elena, de venganza, y mientras los grupos comentaban el suceso se acerco al de los mejicanos e indios para recoger su revólver.
Dale no prestaba ya ninguna atención a sus movimientos; cargando con el equipaje de Elena se abrió a empujones un camino entre los grupos rogando a las dos hermanas que le siguieran.
—¿Qué te pasa, Elena?, estás temblando —murmuró Bo.