El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Elena se daba perfecta cuenta de su desasosiego enojo y temor. Entre la multitud vio pronto una vieja diligencia tirada por cuatro escuálidos jamelgos. En el pescante habÃa un hombre de pelo gris con el látigo y las riendas en la mano. A su lado tenÃa a un hombre con un fusil encima de sus rodillas. Otro hombre joven, alto, delgado y moreno mantenÃa la puerta de la diligencia abierta. Al acercarse las señoritas se quito el sombrero. Sus ojos brillaban con extraña viveza cuando preguntó a Dale:
—¿Nadie te ha molestado?
—No, pero un importuno se ha complacido en molestar a las muchachas; al verme ha querido echar mano a su revólver y me he visto obligado a arrebatárselo —contestó Dale, mientras colocaba el equipaje en la diligencia.
Estas palabras hicieron reÃr a Bo. Sus ojos expresaban sentimientos de emoción al mirar a Dale.
El joven del carruaje la miro con una expresión simpática que atenuaba la dureza de los rasgos de su cara.
—Sube, Joe —dijo.
—Bueno, Milt —dijo el cochero—, ¿cuándo vamos a partir?
Dale, con la mano en la portezuela vacilo, miró a la multitud y luego a Elena.