El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Nunca habĂa visto Elena una cara que, como aquĂ©lla, pareciese de bronce a primera vista, recobrando a medida que se la miraba una movilidad y una vida extraordinarias. Él deseaba ver sonreĂr a la muchacha. Ella por su parte no comprendĂa por quĂ© se habĂa fiado tan pronto de aquel hombre. Algo habĂa en Ă©l que la atraĂa, pero Elena no podĂa explicarse en quĂ© consistĂa tal fuerza de atracciĂłn. Unas veces le parecĂa que lo que le gustaba era su energĂa, otras veces la dulzura de sus maneras, otras veces ni una ni otra cosa.
—Es una suerte que haya venido usted con su hermanita —le dijo el desconocido.
—¿Cómo sabe usted que es mi hermanita?
—Por lo mucho que se parece a usted.
—Nadie me lo habĂa dicho hasta ahora —replicĂł Elena tratando de sonreĂr.
—¡Cuánto desearĂa ser la mitad de lo bonita que es mi hermana Nell! —exclamĂł Bo.
—¿Nell? ¿No se llama usted Elena? —exclamó Dale.
—SĂ, pero mi hermana me llama Nell.
—¿Y cómo se llama usted? —preguntó Dale dirigiéndose a Bo.
—Me llamo Bo. Qué nombre más feo, ¿verdad?, pero no me consultaron cuando me lo pusieron.
—Bo es un nombre bonito y breve, no lo habĂa oĂdo nunca; bien es verdad que conozco a muy poca gente.