El Rancho Majestad

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Gene entró en su despacho, que estaba junto al saloncito de su esposa, encendió las luces y colocó las cartas sin abrir y algunos papeles de negocios sobre la mesa. Luego, se dirigió a su habitación para lavarse y cambiarse de ropa antes de la cena. Tardó mucho tiempo en hacerlo, puesto que sus pensamientos estaban dominados por una sombría impresión. Al cabo de bastante rato, Magdalena le avisó para que fuese a cenar, y la encontró en el comedor. En el caso de que hubiera esperado encontrarla abrumada, se habría sentido agradablemente sorprendido.

—Tengo hambre —dijo Gene—. Me olvidé de comer en la ciudad.

Y a continuación formuló a Magdalena diversas preguntas relacionadas con la marcha del rancho durante su ausencia. Nada había sucedido. El lánguido y somnoliento verano había llegado y el tranquilo curso de la vida en la dilatada llanura no se había alterado. Cuando Gene hubo terminado la apetitosa comida, sugirió que ambos se trasladasen al saloncito para continuar su conversación.

—Querido, jamás podremos dar por terminada esta cuestión hasta que cambies tu modo de proceder —dijo ella con dulzura—. Siempre observas las cosas desde el punto de vista más lleno de pesimismo.


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