El Rancho Majestad

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Sus pasos, sin embargo, le condujeron inevitablemente hacia la casa, a través del gran arco que se abría ante el corral y hacia el ala occidental de la mansión. Antes de haber entrado en el empedrado patio, oyó una extraña voz rápida y aguda, suave y feliz. Debía de ser la de Madge, que se encontraría con su madre en el salón. Gene dio unos largos y rápidos pasos, para llegar a la puerta, y vio a Magdalena en su ancho sillón, con la muchacha sentada en su regazo.

—… mamá, querida, estoy loca de alegría de encontrarme en casa; no he olvidado nada. Estoy contentísima al ver nuestra llanura. Estoy…

Y en aquel momento entró Gene en la habitación. Las dos mujeres oyeron sus pasos. La joven levantó el hermoso rostro, encendido y radiante, y fijó en él la mirada de sus ojos violeta, que estaban empañados por la emoción. Gene la reconoció, y, no obstante, no la conoció. Aquella Madge tenía el cabello dorado.

—¡Papaíto! —gritó la muchacha vehementemente.

—Sí… tu papaíto…, sí eres… Madge —replicó él un poco roncamente.

Ella se puso en pie de un salto y corrió hacia su padre con los brazos abiertos. Era más alta de como él la recordaba. Madge le rodeó el cuello con los brazos y, separando los pies del suelo, se colgó de él y le apretó contra su cuerpo.


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