El Rancho Majestad

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—¡Mi guapo papá! ¡Mi Capitán!… ¡Oh, cuánto me alegro de verte!

Y con una lluvia de besos y de palabras incoherentes, volvió a apoyar los pies en el suelo y se inclinó sobre él ahogadamente. Cuando Gene bajó la mirada hacia ella, el corazón se le oprimió al ver que de las largas pestañas de su hija se desprendían unas lágrimas que rodaban por sus mejillas.

—Madge, ¿eres… eres tú, verdaderamente?

—Sí, papaíto… tu gallinita mala, que viene a casa para descansar. —Y abrió los ojos, que eran iguales que los de su madre, aunque más profundos, de un violeta más intenso, que tenían una exquisita suavidad tras la niebla de las lágrimas—. ¡Querido! Has cambiado algo. Tienes unas arrugas que no recordaba… y cabellos blancos en las sienes… Mamá: ¿qué ha atribulado a nuestro Capitán?

—Queridísima, los años dejan siempre su huella —replicó Magdalena con voz que no era completamente firme.

—Me parece más guapo que nunca. ¿Podrías encontrarme un pretendiente como él?

—¡Dios no lo quiera, Madge! —exclamó Gene riendo—. ¿A ver? Apártate un poco para que pueda verte bien.


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