El Rancho Majestad
El Rancho Majestad —Lo siento mucho, realmente; pero no tengo tiempo. Ni siquiera puedo llevarte al centro de la población. Te dejaré en la primera esquina por donde pase un autobús.
—¿Yo, en un autobús? ¡Tiene gracia!… ¿Qué es eso que dicen los periódicos de esta mañana acerca de ti? —Una serie de tonterÃas. Yo no tengo la culpa de que se promoviera aquel alboroto en los terrenos de la Universidad. Pero te lo diré… el martes, por ejemplo. Dime dónde puedo ir a reunirme contigo— dijo Madge; y detuvo el coche ante una esquina.
Uhl bajó del automóvil muy enojado y contra su voluntad. Aquella seca actitud, aquel aspecto de dureza que tanto efecto habÃa producido siempre en la muchacha ya no la conmovÃa.
—¿SÃ? Te he llamado dos veces durante estos dÃas, y no me has contestado. Eso no me va. Yo no soy criado de ninguna mujer.
—Acaso hayas encontrado en mà una nueva especie de mujer, como yo he encontrado en ti una nueva especie de hombre —replicó Madge—. Lo siento mucho. ¡Adiós! Ya nos veremos.