El Rancho Majestad

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—Te conviene que así sea —le oyó decir Madge mientras se alejaba, y luego la joven se puso en marcha rápidamente. ¡El muy imbécil! ¿Qué diablos se había apoderado de ella cuando le permitió que se sentase, aquel día, a su lado en casa de André? Madge reflexionó que no era tan digna de censuras como Dixie Kune. Pero antes de que hubiera dado vuelta a diferentes calles para regresar al punta de estacionamiento de automóviles, ya se había olvidado de Uhl. Después, con media hora de retraso, llegó al lugar de la cita, e hizo algo que no tenía precedentes; esperó por espacio de media hora, o acaso más, la llegada de aquel muchacho de Oregón que adoraba a su hermana y a su caballo Umpqua. Hasta que Madge no hubo pensado en el mucho tiempo que había esperado, en lo mucho que había anhelado volver a verle, no Comprendió que su debilidad por los rostros nuevos y por las nuevas aventuras había llegado en aquella ocasión a un punto insospechado. ¡Qué simpático era! ¡Qué diferente a los demás hombres! Y, evidentemente, él no había experimentado la misma impresión respecto a ella. La muchacha sufrió una nueva sensación muy parecida al resentimiento, y que se convertía en decepción. He aquí un joven que no le había pedido que le concediese una cita, y cuyo nombre ni siquiera conocía. ¿Por qué no le había dicho ella cómo se llamaba y le había indicado el número de teléfono de su casa? A pesar de todo, mientras regresaba a los terrenos universitarios, sus heridos sentimientos experimentaban una inexplicable esperanza, casi una seguridad de que volvería a verle.


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