El Rancho Majestad
El Rancho Majestad —Gracias. Tú también eras una cosa nueva para mÃ. Todas las mujeres son coquetas. Pero me encapriché de ti, y te encaprichaste de mÃ, ¿no es cierto? Y saliste a pasear conmigo.
—SÃ. Un par de veces. Si no lo has olvidado, nos encontramos en Grove una tarde, a la hora del té. Bailamos. Y otra vez en el Bill More, donde reñimos, porque estuviste un poco grosero.
—Y aquello te enfrió bastante, ¿verdad?
—No es eso exactamente. TodavÃa te encuentro cierto atractivo. Pero eres demasiado… demasiado…
—Madge, ninguna mujer se ha burlado jamás de Bee Uhl —replicó él con voz vibrante.
—No te comprendo, señor Uhl —dijo la muchacha, con una sonrisa—. Lamento tener que decirte que me parece que vas a obligarme a lamentar mi… lo llamaremos mi indiscreto juego, jamás he creÃdo que fueras un caballero, pero creà que serÃas un buen amigo. Si no me equivoco, los beneficios de nuestro pequeño «flirt» los obtuviste tú… ¿Dónde quieres que te deje?
—Oye, guapa, me parece que estás arrepentida, ¿verdad? Bueno, lo acepto. Pero la «abeja» no ha terminado todavÃa de zumbar… Déjame en la esquina de la Séptima Avenida.