El Rancho Majestad
El Rancho Majestad —¡Muy bien, muy bien!… Veamos cómo lo mueve usted. ¡Doble el tobillo!
—¡Oh, no puedo! Me duele mucho.
—No le sucede nada en el tobillo. Se habrá dado un golpe en el empeine… o en cualquier otro sitio. Pero si se baña el pie con agua caliente frecuentemente, mañana o pasado le habrán desaparecido los dolores.
—¡Tendré que volver andando a casa!
—¡No! No lo hará usted. No puede hacerlo. Yo iré a buscar su automóvil.
—Es que no quiero que nadie se entere de lo sucedido; y todos se enterarán si me ven llegar en el coche. Tendré que ir andando hasta llegar a mi habitación.
—¡Qué tonterÃa! Yo podrÃa llevarla. Madge rió de un modo casi ofensivo.
—Puedo hacerlo. Soy fuerte —protestó Lance can ansiedad, sorpresa y solicitud—. Soy capaz de transportar un saco de grano de más de cien kilos con la mayor facilidad.
—¿Fuerte? Sé que es usted un perfecto hércules, señor Sidway —dijo ella retadoramente—. Pero no quiero que me lleve de un lado a otro como un saco.