El Rancho Majestad

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E inclinándose sobre ella, apretándole el rostro contra el suya, comenzó a besarla nuevamente en los labios como un loco. Los besos ahogaron el grito de ella. Después de una lucha frenética y desesperada, Madge se desplomó entre sus brazos. Y él continuó besándola a cada paso que daba bajo los pinos o sobre la calzada y casi ante el arco que daba acceso a la casa. Manteniéndose apartado de la calzada, pasó hasta más allá de ella, y cuando estuvo entre los arbustos saboreó una y mil veces más el gusto de sus labios, como si su apetito se hiciera más grande a medida que se le saciaba. Pero hasta que no hubo dado la vuelta al ala oriental de la casa y llegado al pie de la ventana de la joven, no se dio cuenta de que el rostro, los labios y el cuerpo de Madge habían cambiado. Los ojos estaban fuertemente cerrados, cubiertos por las largas, rizadas y preciosas pestañas; los labios se arqueaban, entreabiertos, dulcificados por un fuego extraño; el pecho de la joven palpitaba vivamente contra el de él. Cuando Lance la levantó al llegar al chorro de luz que la ventana derramaba, ella le rodeó el cuello con un brazo. La bajó cuidadosamente hasta el suelo, y luego se recostó en la parte baja de la ventana, agotado y desconcertado.




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