El Rancho Majestad
El Rancho Majestad «Puedo… pueda soportarlo» —murmuró Madge apretando su vacilante mana contra el calor de los labios. No lloró. No pedía tregua. Había obtenido exactamente lo que merecía. Pero pensó que no era como Lance creía… Esta certeza se apoderó dolorosamente de ella. Todo había obrado en contra suya desde el primer momento. ¿Su imperiosa petición del caballo? No…, no era la primera. ¡Su encuentro con el gángster Uhl! Esto era lo que en primer lugar había originada el error del vaquero de Oregón. Y todo cuanto había sucedido después, había contribuido a aumentar los errores; sus caprichos, sus jugarretas, su falta de sinceridad, sus subterfugios, su agresiva lengua, sus sangrientas burlas… Lance debía de haberle oído decir que casi le agradaba que fa besaran. ¡Aquella noche en que se reunió con Rollie, después de que Lance la hubo enfurecido…! En todo esto no había nada de que avergonzarse. Era cierto; pero Madge lo había dicho solamente con el fin de torturar a Rollie. El vaquero tenía algo que a los demás muchachos les faltaba. La manera como la había tratado unos momentos antes estaba en completo desacuerdo con las costumbres de los estudiantes, y a ella le parecía inexplicable. Lance no había querida besarla. No le era simpática. La despreciaba. Debía de poseer, sin duda, cierta rasgo masculino para el que era inaceptable la idea de una promiscuidad de besos, intolerable y aborrecible. Había más de un millar de aspectos y puntos de vista en aquel ataque de que la había hecha objeto; y de todos ellos solamente podía recogerse una espantable vendad, una terrible revelación: el amor, con el cual Madge había jugado tan ligera y despreocupadamente, la había hecho su presa. ¡Imposible de comprender! Si Lance Sidway hubiera entrado en su habitación y la hubiera asido frenéticamente… Pero Lance no supo que en los últimos momentos ella había estado aceptando sus besos y entregando, a cambia de ellos, el alma. Y repentinamente se vio asaltada par un loco arrebato de ira. Quería matarle. No habría sido suficiente para ella el obligarle a adorarla can el fin de rechazarle desdeñosamente. Lance no debería vivir para besar a muchachas como Bonita y para que la luz del sal alumbrase para sus ojos la imagen de otras mujeres.