El Rancho Majestad

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En realidad jamás había deseado ganarse la vida en Hollywood de aquella manera. Le impulsó la perentoria necesidad de dinero, pero, desaparecidas las circunstancias que le obligaron a ello, (la operación de su hermana Lance había salido bien, y se encontraba ya completamente restablecida y se casaría muy pronto) se encontraba ahora en condiciones de poder desenvolverse económicamente hasta poder encontrar un trabajo más en armonía con sus deseos. Y se vio cabalgando por la California meridional, a través de Arizona, acaso hasta Nuevo Méjico, Era cierto que el negocio ganadero estaba en quiebra por completo. Pero las desiertas extensiones y las altas llanuras de Arizona, o los plateados y jugosos valles de Nuevo Méjico, acerca de lo cual tanto había leído, serían aún terrenos bravíos e infinitamente más libres que los viejos pastos que conocía; y en todos aquellos lugares habría, seguramente, algún trabajo para un hombre a quien gustaban los animales. Para él tenía un encanto singular la idea de una nueva aventura por regiones más ásperas que las que hasta entonces conociera. Pero lo cierto era que Hollywood no perdía su encanto fácilmente. Y ¿por qué? Lance sabía que no tenía ambiciones que le impulsaran a tomar parte en el juego cinematográfico. Sin embargo, reconocía la atracción que ejerce el alegre y brillante remolino del mundo del celuloide. El atribuirlo a la fascinación de los encantos femeninos parecía un nuevo paso en la verdadera dirección. Lance reconoció que temía sentir por el bello sexo una debilidad mayor que la mayoría de los hombres. «Pero ¡diablos! —se dijo tratando de justificarse— ¡si abundan tanto las tentaciones! En Hollywood hay millones de lindísimas extras, montones de mujeres hermosas que vienen a buscar un trabajo que no encuentran y con las cuales se tropieza uno continuamente…». Y el joven recordó con tristeza a las tres muchachas a cuyos encantos había sucumbido Coretta, Virginia y finalmente Maurine. Solamente unas horas antes, la noche anterior, Maurine, un poco pálida, con los ojos fijos en su rostro, le había dicho:


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