El Rancho Majestad

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—Quiero decir, señorita Stewart, que lo mismo si es usted culpable que si es perfectamente inocente, cuando mira a los hombres con esos ojos, se convierte en una provocación infernal.

—Observo, señor Sidway, que mis maravillosos ojos no han podido convertirse en una provocación para usted —replicó ella irónicamente.

—Sólo porque he sido más juicioso que usted. Madge no pudo encontrar respuesta para estas palabras, principalmente porque creía que todavía había esperanzas para ella en lo que se relacionaba con aquel hombre de doble naturaleza. Continuaron recorriendo el camino en silencio. Pero ella no dejó de observarle a través de los semicerrados párpados. Si no hubiera estado agotada y dolorida, habría descubierto que la situación era desconcertante. Finalmente, Umpqua cambió la animación de su marcha por un lento pasear. Evidentemente, el claro del bosque había concluido ya. Sidway tiró de las riendas del caballo para dejar el camino y dirigirse hacia la izquierda. El bosque se hacía gradualmente menos denso. Las copas de los pinos se elevaban sobre la cabeza de Sidway, y en algunos lugares solamente hasta baja altura, que le obligaba a marchar cuidadosamente. Madge advirtió que caminaban cuesta abajo. Al fin, el vaquero detuvo su montura, como si estuviera indeciso respecto al camino que debía seguir.

—¿Nos hemos perdido? —preguntó la muchacha.


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