El Rancho Majestad

El Rancho Majestad

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—No hay duda de ninguna clase —replicó él mientras reía extrañamente.

—Lo he comprendido al ver que se detenía usted. Estoy terriblemente cansada.

—A mí me sucede lo mismo… Descansaremos cuando lleguemos a un terreno llano.

Zigzagueó cuesta abajo cierto tiempo, y después hizo alto y saltó a tierra. Madge no pudo reprimir el pensamiento de que Sidway la trataba del mismo modo que si fuera un niño. La bajó del caballo y la llevó junto a un árbol, un cedro. Había todavía algunos pinos en las inmediaciones, pero muy separados unos de otros, y la presencia de loas cedros indicaba que se encontraban en un terreno más bajo que el anterior.

—¡Estoy muerta de frío! —dijo ella.

Sidway condujo al caballo junto a un arbusto y lo ató. Luego, cogió una manta que llevaba sujeta a la silla y algunos otros objetos. Dobló la manta, y envolvió con ella a la joven. El crujido de las ramas y la danza de las rojas llamas rompió las tinieblas que la luz de la luna blanqueaba. Mientras Madge extendía las manos hacia el fuego, Sidway abrió un saquito.

—Aquí hay un poco de carne, galletas, manzanas secas y chocolate… Sí, y un poco de sal. ¿Tiene usted hambre?

—Sería capaz de hacer cualquier esfuerzo por ir en busca de un «filete a la mignon».


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