El Rancho Majestad
El Rancho Majestad —No puedo permitir que trabaje usted sin ninguna retribución, Sidway.
—Si se trata de cuestiones de dinero, señor, no permita que eso sea un obstáculo para que me dé ocupación. —Sea sincero. Me resultará más satisfactorio que me confiese que si desea obtener un empleo es con el fin de poder estar cerca de Madge.
—¡Madge! ¿Quién es Madge?… ¡Ah, sÃ, naturalmente, su hija! Señor Stewart, juro por mi honor que jamás he sabido siquiera que existiera hasta que anoche me habló de ella Starr.
—Es posible que eso haya sido suficiente. Tiene usted nervio y naturaleza de verdadero vaquero.
—No, no ha sido suficiente. No ha sido nada. Las mujeres no cuentan entre mis debilidades.
—¡No mienta! Las mujeres son siempre la debilidad de los vaqueros. Voy a admitirle, Sidway, y a pagarle un puñado de dólares cada mes hasta que el negocio ganadero prospere.
—Muchas gracias. Le prometo hacer todo lo posible por complacerle.
—¿Le ha sugerido Ren que acaso se decida a volver a trabajar para m�
—SÃ. Quiere hacerlo. Estoy seguro de que lo hará tan pronto haya ahorrado un poco de dinero.