El Valle de los caballos salvajes

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Mientras ella le dirigía una sonrisa de la que se había borrado aquella expresión de ave de presa, de rapiña, que en los primeros momentos caracterizó a la muchacha, Pan pudo ver que Dick Hardman los estaba mirando con fijeza desde el otro lado de la mesa. Antes de que Pan hubiera podido dar a la mujer una respuesta, uno de los jugadores, un hombre sin afeitar y de gesto agrio, habló a Hardman.

—Oye, ¿estás jugando con nosotros, o estás vigilando el comportamiento de tu dama con ese vaquero del sombrero ancho y las botas altas?

Pan quiso aprovechar la ocasión que se le presentaba, aun cuando jamás habría podido pasar en silencio una observación de la naturaleza de aquélla. Soltó la mano derecha, que la joven conservaba entre las suyas, v, dirigiéndose a la mesa, arrastró tras de sí a la muchacha y se inclinó para dirigir una mirada al enojado jugador.

—Perdóneme, señor —comenzó diciendo con la enunciación lenta y fría que es propia de loas vaqueros—. ¿Se refería usted a mí?

Su tono y su actitud atrajeron la atención de todos los individuos que rodeaban la mesa, especialmente la de Hardman y la del interpelado. Éste abandonó las cartas y midió con la mirada a Pan, sin dejar de ver el revólver que llevaba colgante sobre la cadera.


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