El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes —¿Qué pasarÃa si efectivamente me hubiese referido a usted? —preguntó con curiosidad el jugador.
—Que, si asà hubiera sido, me verÃa precisado a interrumpir su partida de juego —contestó Pan con el mismo tono que si presentase una disculpa—. Compréndalo, señor, me duele mucho que alguien se burle de mis ropas.
—Perfectamente, vaquero; no he querido ofender —le replicó el otro; y, al oÃrle, todos, con excepción de Hardman, rieron a carcajadas—. Pero, de todos modos, interrumpirá usted nuestra partida si no se aleja de aquà con Louise.
Estas palabras, sarcásticamente frÃas y dirigidas principalmente a Hardman, no sirvieron para aliviar la tirantez de la situación en cuanto a Pan se referÃa. Y esto era precisamente lo que deseaba Pan une sucediera. Dick miró fija e insolentemente a Pan. ParecÃa hallarse más intrigado que ninguno de los otros hombres. Evidentemente, realizaba un esfuerzo por recordar a Pan, cosa que no pudo conseguir. Pan no esperaba ser reconocido, aun esperando, permaneció descubierto durante un momento bajo la luz y devolviendo las miradas que le lanzaba su enemigo. En realidad, la firmeza de sus miradas desconcertó a Dick, quien se volvió en dirección a la regocijada muchacha. Al cabo de un momento, escupió el cigarrillo que tenÃa entre los labios y dijo con voz ronca: