El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes —¡Vete, de aquÃ, gata! ¡Y no vuelvas a venir a ronronear a mi lado!
La muchacha se rió insolentemente ante su cara.
—Olvidas que sé arañar…
Y después de pronunciar estas palabras, tiró de Pan para alejarlo de la mesa e hizo a Brown una seña para que se aproximase a ellos. Se detuvo ante la abierta puerta del salón de baile, y comentó:
—Siempre estoy provocando peleas. ¿Cuál puede ser tu nombre, —vaquero?
—¡Hum! PodrÃa perfectamente ser Tinkerdam; pero no lo es —contestó Pan con indiferencia.
—¿Verdad que eres muy gracioso? —preguntó ella, que se sentÃa dispuesta a darse por ofendida y a discutir. Pero rectificó, después de haberlo pensado, y se volvió hacia Brown—. Me parece que te conozco…
—Es seguro que me conoces, señorita Louise —respondió Brown tranquilamente—. Soy minero. Ya estaba aquà cuando viniste a esta ciudad; y vengo frecuentemente a este salón para divertirme.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
—Charley Brown; y es cierto.