El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes —Por lo que quieres entablar una reyerta con Dick.
—¡No! —replicó Blinky, volviendo el rostro.
—No me engañes, Blinky —continuó Pan vehementemente, al mismo tiempo que agitaba al vaquero—. He adivinado la causa de tu disgusto, y soy tu amigo.
—Bien, Pan. Si eres amigo mÃo es una gran suerte y una alegrÃa para mà —dijo Blinky, perdiendo una parte de su furor—. Pero ¿a qué disgusto te refieres?
Pan murmuró:
—Estás enamorado de Louise.
—Y si lo estoy ¿qué?, —silbó Blinky, avergonzado—. ¿Vas a acusarme por ello?
—No. Precisamente por eso te aprecio mucho más. Esto fue demasiado para Blinky, que miró a Pan como un perro que mirase a su amo. Pan jamás habÃa visto unos ojos tan llenos de desolación.