El Valle de los caballos salvajes

El Valle de los caballos salvajes

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—Eso ha sucedido porque jamás has pensado en cazarlos en grandes cantidades, Blinky —replicó Pan—. El perseguir a los caballos a la luz de la luna, el echarles el lazo, el disparar unos tiros para amedrentarlos, no es un procedimiento para una caza muy numerosa. No nos convendría emplear esos procedimientos. Necesitamos recoger, por lo menos, un millar de cabezas: de una sola vez.

—¡Ja, ja! No fomentes mis esperanzas diciéndome esas cosas, Pan —le imploró Blinky, al mismo tiempo que levantaba las manos.

—Hijo mío, yo también pido piedad —dijo el padre de Pan—. No puedo creer que sea verdad tanta belleza. Ya fuese por accidente o por propósito meditado, Juan «el Embustero» decidió aprovechar aquella ocasión para hacer nuevas afirmaciones.

—Mi padre era un gran señor en Méjico. Tenía en nuestro rancho tres mil vaqueros. He ayudado a echar el lazo y cazar a más caballos salvajes que he visto en toda mi vida. Vendí el rancho de mi padre por tres mil pesos.

—¡Paso, Juan! —declaró Pan—. Me has ganado por la mano. Vamos a desenrollar las mantas, muchachos. El día ha sido muy duro y fatigoso para nosotros.


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