El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes Blinky acompañó a Pan hasta el risco, al cual subieron por un punto situado frente al campamento. Probablemente tenÃa una altura de cuatrocientos o quinientos pies, y proporcionaba una magnÃfica perspectiva del valle. Pan apenas podÃa dar crédito a sus ojos. Vio caballos salvajes, tantos caballos salvajes, que durante cierto tiempo no pudo observar otro detalles muy importantes. Contó hasta treinta grupos en una sola zona del valle, que no serÃa mayor de quince millas de largo por siete de ancho. Aquellos grupos aislados no se mezclaban con los demás, y parecÃa advertirse que cada uno de ellos tenÃa un conductor.
Blinky lanzó algunas maldiciones ocasionadas por su entusiasmo, sin duda pensando en el dinero que tantos y tantos caballos representaba.
—¡Hum! ¡Tal! ¡Cuál! ¡Hum! ¿Quién podrÃa adivinar que esos rabos de escoba han de terminar convertidos en minas de oro? —terminó diciendo.
Mas para Pan lo que veÃa significaba mucho más que una fortuna. En verdad, no tenÃa espÃritu mercenario. Los caballos habÃan constituido la gran pasión de toda su vida. El ganado era solamente un conjunto de cuernos, de patas, de pezuñas, para él. A los caballos los querÃa. Naturalmente, los caballos salvajes le seducÃan, le atraÃan más que los que daban fe de la habilidad del hombre para domarlos.