El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes DespuĂ©s de la cena, Pan y Blinky trabajaron activamente para cortar y arreglar las cuerdas con que se proponĂan: atar a los caballos salvajes que habĂan de llevarse consigo.
—Bueno, ahora que hemos concluido, creo que deberĂa escribir a mi novia; pero no sĂ© que escribirle —dijo Blinky.
—AcuĂ©state —le ordenĂł Pan—. Tenemos que levantarnos y preparar los caballos tan pronto como aparezca la luz del dĂa. Debes saber que atar los pies de los caballos salvajes representa un trabajo bastante pesado.
No habĂa brotado aĂşn la luz del dĂa cuando, a la mañana siguiente, Blinky dijo con su acostumbrada lentitud:
—Compañeros, hemos, dormido, hemos atado los caballos, hemos tomado un poco de comida, y ahora nos espera el infierno.
Entre la luz gris del amanecer, cuando el resplandor que brotaba del Este habĂa comenzado a apagar la gloria del lucero matutino, los vaqueros condujeron a los caballos que estaban trabados hasta un encerradero más pequeño. Anteriormente habĂan cerrado con cuerdas un rincĂłn del encerradero y colgada sobre ellas una lona blanca. Esto constituĂa un improvisado corral donde debĂan ir introduciendo los caballos uno a uno, a medida que les hubiesen atado los pies.