El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes —No puedo continuar sereno cuando no lo estoy —replicó Blinky—. Y tampoco quiero permanecer aquà y verla beber. Entonces, la desprecio.
Louise llenó los vasos del rojo alcohol.
—Quiero que me desprecies, muchacho. Haré que me desprecies… Brindo por Panhandle Smith.
Mientras ella bebÃa, Blinky retrocedió hacia la puerta sin dejar de mirar a Pan y desapareció.
En el estado de ánimo en que se hallaba Pan, el alcohol no le producÃa otro efecto que el de un fuego estimulante para el cuerpo y para la imaginación. La muchacha, por el contrario, se transformó en un ser diferente. Unas manchas rojas se encendieron en sus mejillas, sus ojos se movieron con rapidez y se dilataron; todo su cuerpo respondió al estÃmulo. Un vaso dio paso a otro. Louise no pudo resistir a la apetencia creada de este modo. No vio si Pan bebÃa o no. Se alegró, se colocó en actitud sentimental y, finalmente, se perdió en un abandono irrazonable, para conseguir el cual, según confesaba cuando se hallaba serena, solÃa beber.
Pan decidió que ya le serÃa posible envolverla en una manta y llevársela afuera. Blinky apagarÃa a tiros las luces de la taberna, y el resto resultarÃa de fácil ejecución. Si Louise sabÃa que Hardman estaba en la casa, como sospechaba Pan, ya no lo recordaba.
—¡Demonio de vaquero guapo! —dijo la joven a Pan—. Ya te advertÃ… que te alejases de mÃ.