El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes —¡Chist, Louise! —murmuró Pan—. Muy pronto nos seguirá toda una cuadrilla.
—¡Al diablo las cuadrillas!… Oye, Pan, ¿qué ha sido de Dick?
Estaba tan embriagada, que no lo recordaba. Pan dio gracias a Dios por ello. ¡Qué pálido estaba su trágico rostro! Sus grandes y dilatados ojos semejaban dos insondables abismos. El alborotado cabello se extendÃa con desorden en torno a su cabeza.
Un leve silbido hizo que Pan saltase. Blinky se hallaba en el interior de la casa bajo el resplandor que salÃa de una puerta abierta, y le hizo una seña. Pan levantó a la muchacha y entró con ella.
Salieron cinco minutos más tarde, uno a cada lado de Louise, intentando tranquilizarla. Louise estaba alegre, alborotada. Mas, una vez fuera, el aire frÃo de la montaña los ayudó. Corrieron a través de la oscura calle, casi llevando a rastras a la muchacha. Muy pocas personas pasaron, por fortuna, junto a ellos. Estos peatones se dirigÃan presurosamente en dirección contraria. «¡Hay excitación en la ciudad!», pensó Pan amargamente. Muy pronto llegaron a las afueras de Marco y al campo abierto. Pan se desprendió entonces de lo que le parecÃa el peso de una gran responsabilidad por causa de Blinky y de Louise. Una vez que se encontrasen alejados de la población, podÃan considerarse seguros.