El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes De repente, Blinky se rezagó un poquito y dio un golpe a Pan. Al volverse, Pan vio que su compañero señalaba hacia atrás. Un rojizo resplandor se elevaba hacia el cielo. ¡Fuego! A Pan le dio un vuelco el corazón. «La Mina de Oro» estaba ardiendo. La multitud de bebedores y jugadores había huido ante los revólveres de Blinky. Pan esperaba que sólo él y Blinky pudieran saber jamás quién había matado a Dick Hardman.
Pan volvía la cabeza de vez en cuando para mirar hacia atrás. El resplandor de la luz roja se hacía a cada momento más intenso y llegaba a mayor altura. Toda una manzana de casas de Marco desaparecería, seguramente.
La carretera trazaba una curva. Al cabo de poco tiempo, la oscura mancha de los árboles y una luz parpadeante indicaron a Pan que habían llegado a la casa de sus padres, de quienes se había olvidado. Entraron en el prado y lo cruzaron pisando sobre la húmeda hierba de la huerta hasta llegar a la cuadra. Pan pudo ver el brillo apagado de unos carros cubiertos de lonas.
—¡Bien! Seguramente papá se ha dado buena prisa —dijo con satisfacción Pan—. Si también ha conseguido los caballos, podremos marcharnos mañana.
—¡Claro que podremos marcharnos mañana! —replicó Blinky, que se encontraba sobrio y serio.
Vieron que había tres grandes carros y otro más pequeño con un techo de lona.