El Valle de los caballos salvajes

El Valle de los caballos salvajes

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—Blinky, sosténla hasta que encuentre un poco de heno —dijo Pan.

Y se dirigió hacia el lado abierto del granero. La oscuridad era muy grande; pero Pan conocía el lugar a que se dirigía; oyó que los caballos mascaban el grano, y esto significaba que su padre había comprado las bestias necesarias para el viaje. Pan cogió una brazada de heno y, llevándola hacia el carro, la arrojó en el interior y la extendió para formar con ella una especie de lecho.

—Me parece que sería conveniente que instaláramos aquí a Louise —dijo Pan mientras descendía de la rueda—. Buscaré algunas, de las mantas de mi padre.

Blinky estaba bajo la luz de las estrellas y sosteniendo a la muchacha entre los brazos, con la cabeza inclinada sobre el pálido rostro de ella.

Entre los dos levantaron a Louise, la transportaron al carro y la tumbaron sobre el heno.

—¿Ez alguno de uztedez… mi ezpozo? —preguntó Louise con voz espesa.

Pan rió al oírlo, pero Blinky continuó mirando atentamente aquel pálido rostro. Pan le abandonó y se dirigió a la casa. Aun cuando la distancia que hubo de recorrer fue muy corta, sufrió el asalto de innumerables emociones antes de detenerse al pie de una ventana iluminada, donde oyó la voz de su padre.


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