El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes —Padre —dijo al mismo tiempo que golpeaba la ventana. Luego vio a su madre y Alice. Todos ellos habían comenzado a empaquetar los objetos necesarios para el viaje. Una sola mirada dirigida al rostro dolorido de su madre fue suficiente para tranquilizar a Pan. La puerta se abrió con rapidez.
—¿Eres tú Pan? —preguntó su padre.
—Él mismo, padre —contestó Pan intentando calmar la agitación que había en su voz—. Di a madre que estoy sano y salvo.
Su madre le oyó y contestó con una exclamación de alegría y de consuelo.
—Padre, sal…, cierra la puerta —continuó con viveza Pan.
Una vez que estuvo en el exterior, el padre vio la enorme llamarada roja que se elevaba sobre la ciudad.
—Mira, ¿qué es eso? ¡Debe de ser fuego! —exclamó.
—Sí, debe de ser fuego —contestó Pan concisamente—. Blinky apagó a tiros las luces de «La Mina de Oro». Ésta debe de haber sido la causa del incendio.
—¡«La Mina de Oro»! —repitió Smith con estupefacción.
Pan le puso una mano sobre el hombro… Fue un acto involuntario, una expresión de una súbita emoción que le atenazaba. Tenía que hacer una pregunta que no se atrevía a formular.