El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes Al cabalgar al día siguiente no dejó de mirar atentamente por todas partes en busca ¿le ganado que llevase la marca perteneciente a su padre? Pero no pudo verla. Al fin, cuando se hallaba próxima la hora del crepúsculo, después de pasar junto a millares de reses, llegó a la sorprendente conclusión de que su padre no tenía ya reses en aquellos terrenos. ¡Demasiados colonos y demasiadas verjas! Llegó a Littleton cuando la oscuridad se adueñaba del cielo. Littleton se había convertido en un poblado de cierta importancia. Pan se instaló en una habitación del nuevo hotel y después de la cena salió con el propósito de buscar a alguien a quien conociera. Era sábado y la ciudad estaba llena de caballistas y de rancheros. Pan esperaba encontrar algún antiguo conocido en cualquier momento; pero, con gran sorpresa, no halló a ninguno. Finalmente, entró en la tienda de Campbell, que estaba instalada desde hacía mucho tiempo en aquella región. John Campbell, de fuerte constitución, con su barba larga y rostro rojizo, parecía exactamente lo mismo que era cuando Pan iba a su casa a comprarle unos centavos de caramelos. Sin embargo, había pasado mucho tiempo y Campbell no le reconoció.
—Buenos días, forastero: dígame en qué puedo servirle —contestó al saludo de Pan; y midió al alto jinete con ojos curiosos.