Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Evidentemente, Herrick era un hombre franco, despreocupado y poco impresionable, acostumbrado desde muy joven a realizar todos sus deseos. Su excentricidad no era aparente, si se exceptúa el hecho de su presencia en la salvaje Utah. Le gustaban los caballos, los perros, las armas y todos los ejercicios y esfuerzos físicos que trae consigo la vida al aire libre, pero aún no se había hecho cargo de la situación que ocupaba en aquel país por civilizar.
Cuando llegaron a la vivienda del dueño, invitó éste a Jim para que entrara a tomar un refresco y examinar algunas armas inglesas. El amplio salón tenía tres grandes ventanas y su original decorado causó grata sorpresa a los ojos de Jim. El inglés había traído consigo gran cantidad de tapices, pieles, cuadros, armas y otros objetos de menos fácil nominación que, unidos al mobiliario del Oeste, con sus mantas de mil colores y sus cabezas de alce, hacían que aquel aposento no tuviera igual.
—Me había propuesto no beber —observó Jim—, pero una vez no hace costumbre… ¡A su salud!, señor Herrick —y después de chocar, apuró la copa de coñac.
Las pesadas escopetas inglesas no merecieron la aprobación del excelente tirador.