Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —Esto, no sirve para aquí, señor Herrick, ni aun para tirar a los osos. Procúrese un Winchester del 44.
—Así lo haré… Le agradezco el consejo. Soy aficionadísimo a la caza.
Herrick tenía su escritorio junto a una de las ventanas, y sobre él, entre libros, papeles y carpetas, destacaba el retrato de una hermosa joven rubia, encerrada en lujoso marco. El corte de las facciones recordaba a Herrick. Era la fotografía de su hermana.
Al regresar Jim, al paso de su caballo, a lo largo de la orilla, veía por todas partes aquella encantadora visión. Maldijo mil veces al condenado inglés, que se atrevía a traer semejante criatura a las salvajes soledades de Utah. Aquello no era África, donde una mujer blanca está segura entre caníbales y negros; así, por lo menos, lo había leído él. Después maldijo a Hays, y acabó maldiciendo las circunstancias que le habían traído a tal atolladero.
—Ahora no queda más que roer el hueso —murmuró con la radiante faz de los cabellos de oro ante los deslumbrados ojos—. Debiera haberme alejado de esta banda.