Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —He pasado por el campamento de Smoky para hablar del reparto —anunció complacido Hays—. Asà me condene si no se han llevado más de dos mil cabezas de ganado.
Jim nada tenÃa que decir, aunque muchas palabras temblaban en sus labios. Los planes de Hays empezaban a realizarse y el ladrón resplandecÃa de alborozo.
—¡Empanadas…! Te has lucido, Happy… Traigo un hambre de buitre… Dame más.
Terminada la cena, prosiguió el jefe:
—He de ver al amo esta misma noche… Ponme al corriente de lo que ha pasado en mi ausencia.
—Smoky y su gente no han dado señales de vida. Asà es que no sabemos dónde están acampados.
—Yo sÃ. A menos de una milla de los matorrales del Diablo Sucio.
—¿Arriba o abajo?
—Abajo, en un desfiladero. Buen sitio y fuera de la vista. He dado órdenes a Smoky para que a cada viaje traiga provisiones, de la ciudad.
—Ya veo que te estás preparando para pasar una temporada en algún escondite de los que hay por ahà —observó el cocinero con una expresiva mueca.
—¿Sabes algo de Heeseman? —preguntó Hays sin recoger la anterior insinuación.
—8i; ha estado aquà —respondió con indiferencia Jim.