Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —¡El muy…! —maldijo Smoky.
Nadie añadió una palabra a este profano desahogo que probablemente resumÃa la opinión de los presentes. Hays guié sus dos acompañantes hasta pocos pasos del grupo, y entonces se apeó y detuvo el caballo tordo. La relampagueante mirada de Jim abarcó los tres caballos cubiertos de polvo, clavándose después en Elena. Las facciones de ésta estaban ocultas por el velo. El guardapolvo de lienzo crudo tenÃa algunos rasgones causados por el contacto con la maleza. Llevaba debajo el traje de montar con botas y calzones, y ninguna ligadura le sujetaba las manos ni los pies.
—¡Hola…! Ya veo que estáis todos aquÃ, menos Jeff empezó Hays. Presentábase con plena confianza en sà mismo, sin que la amenguara el temor a las fieras, ni a los hombres, ni aun al mismo Dios.
—Ahora vendrá Jeff —contestó Smoky.
—No podemos esperar ni un condenado minuto —observó Hays.
—¿Adónde vas?
—Hacia la espesura del Diablo Sucio.
—Pero ¿nos vas a meter a todos en aquel infernal agujero?
—Sin pérdida de tiempo.
Brad adelantó unos pasos con rostro sombrÃo, y con la mano en la pistolera, preguntó:
—¿Quién es esa persona?