Guarida de ladrones

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La orilla que había seguido Hays al venir era la que conducía al Desfiladero Rojo. El desecado y polvoriento lecho del torrente ofrecía fácil acceso. Jim no pudo descubrir ni la más leve huella de herradura… No podía ponerse en duda lo bien que Hays conocía el camino. La roja tierra del desfiladero, al parecer, le era familiar. Pronto se unía con otro que venía de la izquierda, y entonces era magnífico en todos sus aspectos. El lecho del torrente se hacía más pedregoso y las paredes más altas. Perdiéronse de vista las señales, del terreno, y hasta las montañas de Henry desaparecieron. Las patas de los caballos de carga levantaban nubes de polvo rojo, que obligaban a los jinetes a cubrirse la boca y narices con los pañuelos del cuello, ahogando en ellos juramentos y maldiciones.

Jim mantúvose deliberadamente apartado, ocupándose de los caballos de carga, y sin dejar de observar a intervalos a Hays y Elena. Latimer marchaba inmediato a ellos. El desfiladero hacíase más profundo, y poco después las paredes llegaron a ser tan lisas que nadie habría podido subir por ellas.





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