Guarida de ladrones

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El tinglado se extendía desde la esquina del bosquecillo en que estaba la tienda hasta una distancia suficiente para permitir algunas rústicas comodidades. Por debajo de los árboles corría un limpio y diminuto arroyuelo, en el que Jim, con trozos de roja peña, formó una pequeña balsa de agua transparente.

Smoky, que era muy mafioso, con unas cuantas tablas hizo una tosca butaca, a la que las mantas de las sillas dieron relativa blandura, y Hays, por no ser menos, trajo un voluminoso brazado de helechos.

Salga usted, señorita —dijo llamando a la tienda—; ya verá usted qué cómoda va a estar; traigo helechos para hacer una mullida cama.

Salió Elena con los ojos enrojecidos, pero sin que éstos amenguaran su brillo. Jim quiso mirar a otra parte, pero no pudo, y Hays entró en la tienda con objeto de extender los: helechos.

—Ya me haré yo la cama —dijo Elena impaciente, añadiendo en cuanto salió el jefe—: ¿Debo colegir por estas atenciones que mi estancia aquí va a ser larga?

—Así parece… Yo ¿qué puedo hacer? —contestó Hays sin atreverse a levantar la vista.

—Puede usted enviar a Jim Wall u otro cualquiera al Rancho de la Estrella. Yo le daré una carta para mi hermano encargándole que pague el rescate sin hacer preguntas ni dar pasos.


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