Guarida de ladrones

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—No dudo de que Jim se prestaría a ir, pero ninguno de mis hombres se arriesgaría a ello.

Hank, mejor será —propuso Smoky— que Jim y yo llevemos a la muchacha, si ella da su palabra de que tendremos el dinero.

—¡Lo juro! —exclamó vivamente Elena.

—No hay que pensarlo siquiera —replicó Hays en tono seco.

Pero Smoky, justificando la confianza que Jim había puesto en él, encaróse con el jefe, diciendo:

—¡Mil bombas, Hank…! Yo creo, al contrario, que se ha de pensar mucho… y ni tú, ni nadie, manda en mi pensamiento.

—Bueno…, lo que quiero decir es que yo no pienso así…; y como soy el jefe de la banda, lo que yo digo es lo que se hace, ¿entiendes?

—Seguramente… La cosa está más clara que el agua.

—Pues ni una palabra más. Cuando a mí me convenga, es decir, cuando el camino esté libre, enviaré por el dinero…; antes, no.

Y tomó el camino de la cantina, para buscar un jarro y una palangana para la señorita Herrick.

Happy protestó ruidosamente de que se le privara de ninguno de sus escasos y preciosos utensilios, y Jim oyó que el jefe decía:


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