Guarida de ladrones

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—Escuchad…, propongo que decida la suerte… Juguemos al póquer… y si ganamos toda la pasta al jefe (no será difícil ahora que sólo piensa en la rubia), me parece que no tendremos necesidad de decir nada. ¿Eh, Jim?

—Yo no prometo nada, Smoky —repuso el joven—. Admiro tu buen deseo…, pero me parece que vas un poco lejos, y que en justicia todos debieran saber la verdad.

—¡Condenado muchacho! —gruñó Smoky, pero sin acritud.

Lincoln silbó como un reptil… Su cólera era una confirmación de las sospechas. Smoky le puso una mano en el hombro para apaciguarle.

—Ya sabes lo que he dicho, Brad —observó Smoky—. Se trata de escoger entre las cartas… o saber la verdad.

—Elijo las cartas… y vosotros, no siempre guardaréis el secreto —dijo Lincoln en tono sombrío.

Desde aquel momento empezó un desenfrenado juego en el que todos participaban. Dejando uno de centinela, el resta de la banda se pasaba horas enteras en el sombrajo que les servía de cantina, entregados a su pasión favorita. Hays era jugador por naturaleza, jugaba con todo, principalmente con la vida y con la muerte.


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