Guarida de ladrones

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Jim hizo dos partes de su dinero; en un lado puso los billetes de cantidad más elevada y los pequeños en otra.

Los primeros, que eran mucho más numerosos que los segundos, los cosió entre el forro de su chaqueta mientras estaba de guardia. Tenía el presentimiento de que podía necesitarlos alguna vez. Y los restantes se los metió en los bolsillos, para tomar parte en el juego, retirándose en cuanto los perdiera.

Pero la fortuna es caprichosa, y en lugar de perder, ganó con insistencia. Mientras ganaba, no tenía pretexto para dejar el juego…, y él prefería estar en la altura que le servía de atalaya. Por fin, cambió la suerte y perdió ganancias y capital.

—Me he quedado limpio —dijo levantándose—. Pero no puedo negar que me he divertido.

—Cierto que en el último tiempo has tenido cartas podridas, pero no puedes haber perdido cuanto tienes —observó Hays.

—Verdad es que algo me queda —convino Jim—, pero eso lo guardo para mejor ocasión.

—Yo estoy en fondos…, te prestaré lo que quieras —ofreció generosamente Hays.

—No, gracias…, me alegro de salir de este pozo. Voy al peñasco para reemplazar a Mac. De aquí en adelante me encargará del servicio de vigilancia. Me gusta.


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