Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Tal vez tuviera esto alguna relación con la singular belleza de la mañana, la imponente soledad de aquella enrarecida atmósfera que daba a las cimas de las montañas engañosa proximidad.
El sol estaba aún por debajo del horizonte de Oriente, pero su proximidad se anunciaba por deslumbrantes resplandores de grana y oro, que daban cálida entonación a las mesetas, y teñían de ardientes tonos las ondulantes paredes de lejanos terraplenes. Jim no había subido nunca tan temprano. Cualquier criatura humana habría quedado atónita ante la sublime grandeza del panorama. A Jim le sugirió el pensamiento de que si estaba destinado a morir en aquel día, dejaría la tierra sin haber conocido plenamente sus misterios y seductoras promesas, y, por extraña ilación de ideas, le parecía que Elena Herrick era la única que podría revelarle los unos y realizar las otras.
—Decididamente, estoy loco —monologueó despertando de súbito de sus absurdas reflexiones. La excitación constante de los últimos días lee había alterado en términos que le desfiguraban ante sí mismo. Tomó la severa decisión de dominarse, a fin de ser completamente dueño de sus acciones cuando volviera a encontrarse con Hays en el campamento.