Guarida de ladrones

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Desde su nido de águilas, miró el vigía al sombrío agujero que tenía debajo y en el que aún no había penetrado un solo rayo de sol. La negra boca del desfiladero parecía abrirse con hambriento bostezo. Sobre ella, en todas direcciones, se elevaban grisáceas y rojizas moles de peñas, coronadas por cedros enanos, de las que se desprendían espumosos torrentes. Montículos verdeantes, salpicados del oro de los girasoles, terminaban sin transición en insondables abismos. Las paredes de granito mostraban al desnudo su férrea dureza, rompiendo su monotonía en pirámides y promontorios. Aquí, una serie de laderas conducía a oscuras profundidades, .y como fondo digno de este cuadro, las salvajes, negras y colosales montañas Henry alzábanse a lo lejos bañadas por cárdena luz de la mañana, como gigantescos fantasmas negros que amenazaban escalar el azul del cielo.

La soledad era incomparable. No había ruidos, sólo un profundo silencio. La vastísima región carecía de vida. Pero sobre esta escena de desolación levantóse lentamente el astro del día, caldeándola con sus cegadores rayos y vistiéndola toda con rico manto de color de cobre.




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