Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Antes de llegar este momento, Wall habÃa enfocado los prismáticos sobre la hondonada. Los hombres iban agrupándose poco a poco en torno de la hoguera, después de haber almorzado. La puerta de la barraca estaba abierta, y en ella apareció la alta silueta del jefe, estirando los largos brazos en perezoso bostezo. A su vista, encendiósele la sangre a Jim.
—¡Por Dios vivo! —exclamó en voz alta y cual si quisiera oÃrse a sà mismo—. Éste es tu último dÃa, Hays, y antes de que termine, habrás dejado de respirar. Que se entiendan con él sus hombres —pensó Jim con dureza—, pero si no se atreven a hacer justicia en su jefe, su fin no será por eso menos cierto.
El joven levantó los anteojos, más por costumbre que por deliberado propósito de observar. Nada habÃa que ver en la absoluta soledad de aquel desierto.
De pronto, en el aumentado cÃrculo visual de Jim observó una fila de puntos negros y movibles.
Tanta fue su sorpresa, que movió los prismáticos y perdió la lÃnea. ¿Qué podrÃa haber sido? ¡Bah! Una hilera de cedros…, una ofuscación propia de un cerebro excitado.
—¡AllÃ! —exclamó conteniendo la respiración—. ¡No son cedros…, ni peñas…, es algo que se mueve…! ¡Mil rayos…! ¿Habré perdido el juicio?