Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Era una banda numerosa que avanzaba a buen paso… El jefe montaba un caballo negro. Jim recordaba haber visto aquel caballo… recogiendo el rifle guardóse los prismáticos y echó a correr hacia abajo. Al pasar contó los caballos: seis, siete, ocho…, los demás no estaban visibles… Hays rabiarÃa como un condenado… Jim tomó por un atajo que bajó dando gigantescas zancadas… y ya en el valle, devoró la distancia que le separaba del campamento:
Con profundo asombro encontróse a Hays sentado en incómoda postura contra una de las pilastras de madera y atado de pies y manos. Una segunda mirada le demostró que tenÃa puesta una mordaza y que su rostro apenas parecÃa humano, por la maldad y la ira que reflejaba.
—¡Voto al infierno…! ¿Qué es esto? —preguntó, estupefacto, Jim.
El preso contestó con un sonido inarticulado, pero elocuente… Jim se encaminó a la cantina con el rifle a punto de disparar, cual si supusiera que la partida de Heeseman habÃa llegado antes que él. Su aturdimiento llegó al colmo al encontrar a Elena almorzando, sentada ante la ruda mesa de la cantina. Happy la servÃa, silbando como de costumbre.
—¿Qué significa esto? —preguntó Jim.
—Ya se lo dirán sus compañeros —contestó ella.