Guarida de ladrones

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El cuarto de hora que siguió estuvo lleno de acción incesante y ruidosa. Con reunidos esfuerzos recogieron apresuradamente todas las provisiones, utensilios, equipajes, sillas y camas en la parte de atrás de la cueva, y bajo el cobertizo de la cantina. La cueva, que era triangular, tenía por techo una mole de piedra, descansando sobre sus naturales paredes, socavadas por las lluvias. Un pequeño manantial fluía al pie de esas paredes. En la parte alta tenía una abertura casi tapada por espesos matorrales. Otros no menos tupidos cubrían el lado oeste de esta pequeña caverna. Delante del cobertizo e inmediato al ángulo opuesto de aquélla, habían construido un corral al amparo del saliente de la pared. Era el mejor sitio para defender el llano, y Jim creía que la banda de Hays podría sostenerse allí por tiempo indefinido, pero sin salvar los caballos. Si llegaban a sitiarlos, podrían soltarlos.

Smoky llegó jadeante bajo el peso de la impedimenta del jefe.

—Ya sólo queda… la cama —dijo.

—¡Escucha!

—¿Qué oyes?

—Caballos.

—Sí…, yo también los oigo…, pero ¿por dónde?

—Maldito si lo sé.


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