Guarida de ladrones

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—Eso del rescate, puede que en un principio lo pensara sinceramente Hays…, pero… la soledad hace a los hombres de esta dura tierra más malos que perros —concluyó Jim con tono sombrío.

Continuaba él su faena sin mirar a su gentil protegida, que seguía sus paseos. La lluvia había arreciado, salpicando en las brasas y en el hornillo que estaba encima. Jim había calentado un par de galletas marineras, de las que tenía un saco lleno. Con ellas, carne fresca, frutas secas y café con azúcar, pensaba que podrían pasarlo bien. Cuando quiso llamar a Elena para cenar, quedó sorprendido al encontrarla sentada detrás de él, observándole con fijeza.

Con desconsuelo del cocinero, la joven comió muy poco, pero tomó con gusto el café.

—Es la mejor cena que he hecho desde hace tiempo —dijo ella—. Si no estuviera tan nerviosa, quizá tendría más apetito.

—Ya lo recobrará usted —observó él para animarla—. El sueño le es aún más necesario que el alimento.

—¡El sueño…! ¡Cuánto hace que no he dormido…! Pero ahora es diferente.


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